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COLUMNISTAS / TRIANGULO ELECTORAL
sábado 19 enero, 2019

Sorpresa y medias

Lavagna rompe el matrimonio de necesitados entre Macri y CFK. La estrategia de cada uno.

por Roberto García

Migrañas, Roberto Lavagna. Foto: Pablo Temes
sábado 19 enero, 2019

Del matrimonio por conveniencia, hostil e imprescindible, que la doctora y el ingeniero conformaron en lo político, ahora puede saltar a un ménage à trois. Más allá de la propuesta, fuera de rutina, la alternativa triangular con un veterano economista exhibe cierta galladura ante el dúo porfiado y odioso de Cristina y Macri que se reparte la audiencia electoral de la Argentina. Con 77 años, Lavagna candidato parece innovar más que otros aspirantes de menor edad y hasta tuvo un golpe de efecto imprevisible que dañó su ego, pero expandió su conocimiento: una fotografía con sandalias y medias de lana, de discutible estética, lo catapultaron más que su cuidado predicamento técnico. Hay aventuras que provocan efectos imprevisibles. Antes de exponer al trío, mejor revisarlo en forma individual.

Idea fija. Coinciden, quienes lo visitan a Macri, que un okupa se apoderó de su cabeza: la reelección. Se ha prometido que ningún tema central lo domine hasta octubre, menos que una contingencia altere su obsesión comicial, sean encuestas poco alentadoras, opiniones contrarias, conflictos en la coalición o el rumoreo sobre una salud acechada. Para más de uno, en rigor, se contagió de un virus creciente en la región: el temor a la Justicia una vez fuera del poder, temor que le gana a la voluntad por revertir un mandato de cuatro años en rojo, a cierta defraudación personal por no haber cumplido con lo que había mágicamente soñado al comenzar su gobierno. Apela entonces a un mecanismo preventivo de salvación electoral, igual que la postulante Cristina, las dos personas que en todo el país se alistan para presidentes en defensa propia, en curiosa semejanza y necesidad, opuestos, descargando responsabilidades una en el marido muerto (y sus cuadernillos) y el otro en un padre con capacidades bloqueadas, casi una réplica del beneficio silencioso que el internado banquero Moneta, con un ACV congelado desde hace años, le ha concedido como respiración artificial a más de un ex funcionario. En pocos países se registran episodios novelescos de estas características.

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Se ha convencido Macri de su reelección: se alinearon, según cree, los planetas a su favor y su única rival, la viuda de Kirchner, no perfora un techo mayoritario de desaprobación. Con lo cual, en un mano a mano final, dispondría del triunfo. Para él, de acuerdo a lo que le escriben, ella jamás volverá al Poder Ejecutivo de la Argentina, algo semejante a lo que opinaban Néstor y Alberto Fernández cuando Macri se postulaba a la jefatura de Gobierno porteño en  2007. Decían en dueto: “Podrá ser presidente, nunca jefe de Gobierno, la mayor parte de la Capital dice que nunca lo votaría”. Obvio: se equivocaron. Difícil predecir, para aficionados o expertos, la natural volatilidad del electorado. Pero el ingeniero se refugia en la estrategia de Peña (y Duran Barba) con fundamento: hasta ahora nunca le fallaron, vienen invictos en sus vaticinios. Mientras, responsabiliza a peronistas y radicales de las históricas frustraciones argentinas y, su propio fiasco económico, lo descarga en la inicial decisión de haber promovido a Prat-Gay como ministro. Y a pesar de que ahora, pegado como etiqueta de supermercado, lo acompaña y nutre Lopetegui, quien trabajó altri tempi con Prat-Gay. Singularidades del optimista Macri, quien cuenta como un observador, no como un protagonista, incluyendo la paradoja de que tal vez se reconozca mejor político que gestionador, en oposición a lo que siempre pretendió vender. Delicias de la vida.

Convicciones. Tan segura y persuadida como él para los comicios se manifiesta Cristina. Si hasta abandonó ciertas reservas y, por ejemplo, desafía a enfrentarse con cualquiera en una interna filoperonista (partido al que no pertenece pero que administra como si fuera propio), al revés de cuando se negó a confrontar con Randazzo en una riña barrial en la que también ganaba cómoda. Al margen de nuevas veleidades y a la mudez crónica que ejerce como falso método recaudatorio de votos (de manual: si gana con el silencio, perderá cuando inevitablemente hable), se afirma que terminó con los misterios y, a las personas que le interesan por su importancia les ha comunicado su futura presentación como candidata presidencial. Al igual que Macri, sus asesores le garantizan resultados favorables, entienden que se beneficia con el disgusto colectivo sobre la actual administración. Y que requiere, para ese emprendimiento, consolidar una estrategia unificadora: ni un solo peronista suelto, aceptar hasta a los que desprecia, se lo exige la matemática de la elección. Detalles del matrimonio por conveniencia: uno se favorece con la división partidaria, la otra se considera más fuerte si nadie se va del rubro. De ahí que la viuda ya no impone análisis de sangre entre sus partidarios, objeta a los que emprenden otro rumbo y, con demasiada excitación, sus cuarentones pollos de La Cámpora han salido a cuestionar la aspiración presidencial de Lavagna.

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Que sí, que no. La esposa belga de Lavagna rechaza el proyecto de su candidatura, y los tríos seguramente, aun en política, cree que esta profesión lastima más que sana y, además al ex ministro le falta cerrar acuerdos con los gobernadores peronistas. Allí radica la demora en su lanzamiento, la integración territorial de su candidatura, ya que una parte del círculo rojo parece dispuesto a acompañañarlo. Sin pronósticos sobre su crecimiento personal, lo cierto es que otros postulantes del peronismo ya renunciaron a la batalla, de Uñac a Manzur. Urtubey sigue sin perfilarse a pesar del gasto en la campaña, Pichetto se ha resignado a competir por el número dos y Massa, algo complicado, no encuentra lugar adecuado: duda entre ser candidato a gobernador de Cristina o de Lavagna, con quien hasta hace poco era amigo.

La consigna interior de Lavagna es no aparecer asociado a ningún fragmento particular del peronismo, hasta corcovea con la insistencia de Duhalde que lo alienta como si fuera su propio invento, cuando él mismo un día señaló: “Si yo hubiera sido candidato de Duhalde, me habría elegido a mí y no a Kirchner para presidente”. Repite ahora una situación del pasado: cuando aterrizó para ser ministro de Economía en la crisis de 2002, sostuvo: “Acepté porque me debía esta asignatura, aunque no es la mejor oportunidad”. Hoy podría reiterar lo mismo, ya que siempre se creyó tocado para conquistas superiores.

Y curiosamente, también  aquel año tropezó con cuestiones de vestimenta como ahora lo reflejan sus sandalias franciscanas y las medias puestas al revés: entonces usaba un suéter verde de cuello redondo debajo del traje azul, impropio para cualquier época. Hasta que un gentil corrector le aconsejó abandonar esa prenda complementaria. Y lo hizo.


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