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COLUMNISTAS / lenguaje político
sábado 6 abril, 2019

Qué dicen cuando dicen

La superficialidad conceptual no denota dificultades de "expresión" sino una forma de concebir y narrar la política.

por Bernarda Llorente

El Rey Felipe, Mauricio Macri y Jair Bolsonaro. Foto: Cedoc

El “queridísimo José Luis Borges” probablemente hubiera apelado a su sonrisa socarrona, dibujada tras décadas de adornar oratorias de personalidades que difícilmente lo hayan hojeado y, más improbablemente, leído. El “furcio real” que provocó sonrojo en la propia investidura, quedó opacado por una suerte de “trabalenguas” presidencial que sumió en la confusión a buena parte de los asistentes a la apertura del VIII Congreso de la Lengua Española.

Si en Córdoba se trató de profundizar acerca de los avatares de un idioma al que llamar “español” lo reduce, encorseta, desvirtúa, simplifica, coloniza, tal como se expuso en varias ponencias, los discursos iniciales de Felipe VI, Mauricio Macri y la intervención del Nobel Mario Vargas Llosa mostraron que la superficialidad conceptual no denota dificultades de "expresión" sino una forma de concebir y narrar la política.

A miles de kilómetros y con escasos días de distancia, Jair Bolsonaro aportaba lo propio. En Israel, al salir del Museo del Holocausto, tuvo la osadía de reinterpretar la historia: “el nazismo fue un movimiento de izquierda”. “No hay duda. Partido Socialista”, concluyó, ante el estupor de los investigadores del Centro que definen al III Reich alemán como extrema derecha.  

El rostro machista del ajuste

Tales “confusiones” discursivas no parecen un desliz sino parte de un proceso sistemático y sistémico. Distintas universidades del planeta encararon la hazaña de analizar miles de discursos de las últimas décadas. La conclusión es perturbadora: los políticos, fundamentalmente los conservadores, han perdido complejidad y pensamiento analítico. Se aferran a frases y construcciones más simples y, sin embargo, categóricas y unívocas, mostrando excesiva “seguridad” en lo que afirman. “El presidente Trump y líderes similares no surgieron de la nada. Encarnan tendencias políticas de largo plazo”, asegura un estudio reciente de las universidades de Texas y Princeton. Una porción significativa de los votantes de Occidente sienten atracción por candidatos que convierten problemas complejos y difíciles en fáciles de entender, con respuestas intuitivas y seguras en un mundo que se torna incomprensible.

Los investigadores escrutaron dos millones de artículos del New York Times, 5.400 libros, subtítulos de 12 mil películas y transcripciones de 20 años de la CNN, con la intención de saber si la degradación en la comunicación era un fenómeno cultural y la política solo su reflejo. La respuesta tranquiliza y preocupa. El empobrecimiento conceptual y lingüístico aparece como patrimonio de ciertos líderes políticos y, consecuentemente, de quienes les depositan su voto. A mayor conservadurismo cultural –antiinmigrantes, antiderechos, etc.– la complejidad verbal disminuye.

"Ni-ni": ni presente ni futuro

A la hora de gobernar, decía George Orwell, recurren a “eufemismos, peticiones de principios y vaguedades oscuras” para defender lo indefendible. Tratar de imponer un "sentido común" plagado de inexactitudes, falacias y engañifas es parte constitutiva del discurso. La creatividad es escasa cuando se pretende “no hablar de ciertas cosas”. La crisis de Lehman Brothers que sacudió los cimientos de la economía mundial en 2008 y que aún exhibe cicatrices impuso sus “modismos”. Eventos meteorológicos tales como tormentas, huracanes, nubarrones, sirvieron para describir una realidad sin asumir responsabilidades ni consecuencias. A la inflación se la llamó reacomodamiento de precios, a los despidos "optimización de recursos", a la precarización laboral "competitividad en los costos". El oxímoron “crecimiento negativoreemplazó recesión. La “austeridad” justificó los recortes sociales, los “brotes verdes” prometían esparcirse, la culpa la tenían los consumidores por dispendiosos e irresponsables y en ellos debía recaer el sacrificio.

Cualquier parecido con la realidad argentina no es mera coincidencia. A fuerza de internalizar “eufemismos” la “realidad “se torna inexistente. Es peligroso. Ya lo decía Martin Heidegger: “solo hay mundo donde hay lenguaje”.

 *Politóloga. Experta en Medios, Contenidos y Comunicación.


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