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viernes 16 noviembre, 2018

Poética y política de Cervantes

Clément Rosset es uno de mis ensayistas favoritos de esta temporada primavera-verano de 2018. La frívola enunciación del comienzo pretende disimular que solo leí de su obra Lo real y su doble y estoy terminando Lo invisible (en bella edición del Cuenco de Plata).

por Daniel Guebel

Imagen de archivo. Clément Rosset Foto: Gentileza: www.cccb.org

Clément Rosset es uno de mis ensayistas favoritos de esta temporada primavera-verano de 2018. La frívola enunciación del comienzo pretende disimular que solo leí de su obra Lo real y su doble y estoy terminando Lo invisible (en bella edición del Cuenco de Plata). Cerca del final de su breve y sabroso texto, Rosset menciona una obra de teatro de Cervantes que no conozco: El retablo de las maravillas.

Hay un momento de la vida en que el sueño de la totalidad se disipa como posible y lo que queda es la pasión enciclopédica por el resumen y la divulgación. No leer la filosofía de Kant, por ejemplo, sino su biografía resumida para averiguar cómo pensaba lo que pensó, contado por alguien que entiende y simplifica para consuelo de nuestra ignorancia y beneficio de nuestra cultura de segunda mano. Desde luego, pensar no es lo mismo que saber, pero el saber de pronto puede arrastrarnos a la discreción del pensamiento por vías indirectas. En cualquier caso: ya leo más ensayos y divulgaciones sobre las obras de escritores que las ficciones que los escritores tramaron para goce de los lectores. En el caso de El retablo de las maravillas, lo maravilloso de la historia referida por Rosset me cautiva al punto de que tiendo a creer que nunca leeré el texto original. Así también, hace años que no releo el Quijote, pero no pasa un día sin que lo recuerde: reviso mentalmente sus escenas, pienso en su plan, y lo disfruto de memoria, cada vez con más ahínco.

En el caso de El retablo de las maravillas, lo maravilloso de la historia referida por Rosset me cautiva al punto de que tiendo a creer que nunca leeré el texto original

El retablo de las maravillas parece una escena extraída de esa novela, en el punto donde el mundo novelesco mismo se vuelve barroco para nutrir de escenas de caballería a don Quijote y al mismo tiempo burlarse de su empeño. (Una sola vez David Viñas me dirigió la palabra, cuando yo bromeaba sobre otro escritor. Me dijo: “Reírse es fácil”. Y otro autor dijo una vez: “Yo me río de los que se ríen”). En El retablo de las maravillas –según Rosset– se urde una ficción en la que un personaje se propone mostrar a los habitantes de un pueblo un espectáculo que solo será visible para todos aquellos que tengan “sangre pura cristiana”, es decir, para quienes no tengan parte judía o mora. Sigo a Rosset: “Una vez alzado el telón, nadie ve nada (porque no hay nada para ver) pero todo el mundo finge ver el espectáculo que comenta el charlatán: un río que desborda e inunda al público, un león que se abalanza fuera del escenario mostrando los colmillos, etc. Una vez caído el telón, todo el mundo aplaude; uno escurre sus ropas empapadas por el agua del río, otro se cura la herida causada por las garras del león (…) cada cual está convencido de que efectivamente había algo que ver y que lo hubiera visto si no tuviese la desgracia de ser, por un lado o por otro, un poco judío o un poco árabe”.

Nada peor que el terror de ser el otro.


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