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COLUMNISTAS / tiempos modernos
domingo 11 noviembre, 2018

La edad de las ideas

Los líderes modernos son más horizontales, trabajan dentro del paradigma de la ciencia, son capaces de pensar, innovar, equivocarse, mejorar, mantienen una comunicación centrada en los intereses de la gente.

por Jaime Duran Barba

Ansiedad. Personas esperan en Shanghai que comience la oferta especial del gigante chino del comercio Alibaba. Nuestros celulares lo saben todo de nosotros. Foto: ap

En 1924, Edwin Hubble encontró en la nebulosa de Andrómeda estrellas que estaban a 2,3 millones de años luz de distancia, cuando en ese entonces se suponía que el universo era  la Vía Láctea, que tiene un diámetro de 100 mil años luz. Supimos así que existían las galaxias. Por el momento, se han ubicado 2 billones de ellas, que contienen billones de estrellas, orbitadas por un número infinito de planetas como el nuestro. Hace pocos años, Roger Penrose detectó en el fondo cósmico de microondas (CMB) lo que parecen ser “fantasmas” de agujeros negros de universos anteriores. El CMB es una forma de radiación electromagnética generada por la luz que se produjo 300 mil años después del Big Bang, cuando este universo se volvió transparente y no podía contener nada anterior a este universo. Las observaciones dicen que hace billones de años hubo otros universos cuyos agujeros negros dejaron ese rastro.

Bonobos. La vida apareció en la Tierra hace unos 4 mil millones de años; los mamíferos, hace 208 millones y los primates, hace 65 millones de años. Hace unos 5 millones nos separamos del chimpancé, con el que compartimos más del 95% de los genes. Franz de Waal, en su libro El bonobo y los Diez Mandamientos, estudia las reglas de comportamiento de este chimpancé, que son idénticas a la ética humana, fruto de la evolución y no de un pacto social o regalo de los dioses.

Nuestros ancestros se relacionaron con su entorno desarrollando habilidades, sentimientos y aptitudes que explican nuestros comportamientos. No buscaban la verdad, pretendían sobrevivir. Los estudios del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig y otros entes académicos demuestran desde hace años que las diferencias entre los seres humanos y otros animales no son grandes. Compartimos con ellos la solidaridad con los niños, con los ancianos, la regla de “no matar” a los propios. Cuando preguntamos si en un plan de gobierno se debe privilegiar a los niños, a los ancianos o a quienes padecen discapacidades, la inmensa mayoría  dice que a todos. No es una respuesta racional, es la pulsión del bonobo. El deseo de justicia es también anterior a nuestra separación de los simios.  (https://www.youtube.com/watch?v=3zXp5zM-CvA).

En las próximas dos décadas se producirán transformaciones mayores que las que se dieron desde el origen de la especie

‘Homo sapiens’. Los Homo sapiens aparecimos hace 200 mil años y vivimos en hordas como otros primates, hasta que desarrollamos el lenguaje y el mundo simbólico. Recién hace 10 mil años algunos domesticaron animales y plantas, se hicieron sedentarios, produjeron un excedente, formaron sociedades complejas en las que pudieron pagar a guerreros y sacerdotes para que los protegieran de otros sapiens y de los elementos.
Con el tiempo, aparecieron sociedades aisladas entre sí, en las que los guerreros y sacerdotes concentraron el poder y la riqueza mientras la mayoría vivía en la miseria. Les dijeron que tenían la suerte de ser así porque irían al Cielo o porque así servían al emperador, y eso les pareció normal. Bastantes reyes se creyeron dioses, hijos o encarnaciones del sol, como los incas; Quetzalcoatl, el rey de Tula; el emperador de China; el emperador del Japón; el rey de Nepal, y muchos más.

Hace 200 años, la Revolución Industrial y el capitalismo generaron una cantidad enorme de riqueza. Aparecieron los industriales, ricos sospechosos para los antiguos porque consiguieron su fortuna trabajando y no como regalo de  Dios porque eran nobles o eclesiásticos. La vieja sociedad se desmoronó. Muchos emigraron a las ciudades buscando trabajo y quisieron compartir los bienes que había creado la industrialización. Aparecieron los ideólogos del siglo XIX con un discurso centrado en la distribución de la riqueza. Se desarrollaron ideas democráticas, se dijo que la fuente del poder era la voluntad de la mayoría y no la estirpe de algunas familias escogidas por Dios.

El laicismo volvió menos brutal la lucha por el poder, pero  los dirigentes políticos pretendieron  reemplazar a los dioses. Dieron discursos, se creyeron omnisapientes, inventaron ceremonias y protocolos para parecer sobrenaturales, pero conservaron costumbres atávicas: se mordían unos a otros, concebían la política como una pelea entre ellos. Algunos, lo primero que preguntan es cuándo atacamos, a quién atacamos, cómo atacamos, viven intensamente las pulsiones del chimpancé. Algunos creyeron que era bueno matar a otros para imponer sus ideas, y lo hicieron. En general desarrollaron versiones paranoicas de la política según las cuales fuerzas misteriosas los perseguían, a ellos y al pueblo. Esto funcionó bien hasta hace pocos años.

Es difícil sentirse parte de la vida y conservar la sensillez. Casi todos los mandatarios son víctimas del Hubris.

Siglo XX. En el siglo XX la prensa, la radio, la televisión, integraron progresivamente a la población a una red de comunicaciones en la que también estaba la política. Los ciudadanos formaron una mayoría que progresivamente tomó el poder desde sus propias visiones del mundo y no desde los textos de sociología. Con la aparición de la web, esa mayoría cobró una autonomía que creció exponencialmente según se desarrolló la tecnología.

En 1965, Gordon Moore dijo que cada dos años la capacidad de los microprocesadores se duplicaba y su precio bajaba a la mitad. La computadora de la nave que llevó al hombre a la luna tenía una memoria 100 mil veces menor que la de un smartphone actual y costaba sumas fabulosas.

Esa ley quedó corta. Actualmente, en un mes puede haber cambios descomunales que quedan al alcance de la mayoría.  En las próximas dos décadas se producirán transformaciones mayores que las que se dieron desde el origen de la especie. David Christian dijo hace 15 años, en su libro Mapas del tiempo, introducción a la gran historia, que los cambios se habían acelerado tanto que los seres humanos no podían percibir su ocurrencia.
En ese entonces, ni siquiera había empezado lo que Ray Kurzweil llama la nueva “era de la aceleración” que tiene como fecha emblemática el año 2007, cuando las nuevas plataformas digitales interconectaron todo, ampliando los horizontes del intercambio de información, manejo de datos, bienes, servicios y capital.

Desde el punto de vista del control de la población, llegó el Gran Hermano de Orwell. Estamos vigilados por cámaras, programas informáticos, agencias de impuestos, bancos, grades empresas. Nuestro celular conoce más sobre nosotros que nuestro psicólogo. Vale la pena ver lo que ya está sucediendo en China en estos días (https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-41970041).

Thomas Friedman, periodista del New York Times, dijo en una interesante entrevista en CNN con Marcelo Longobardi que hoy estar al frente de cualquier proyecto es entrar en “un infierno absoluto. Cada uno de los ciudadanos tiene un megáfono y la gente te está juzgando a cada segundo. Las personas pueden compartir su mensaje, sus críticas, sus verdades, sus falsedades” con enorme facilidad, subrayó (https://cnnespanol.cnn.com/video/argentina-thomas-friedman-por-que-ser-lider-hoy-infierno-dialogo-longobardi/).

En contacto. Al mismo tiempo, cualquier persona cree ser periodista, tiene su blog, su canal de televisión casero y si se convierte en youtuber puede tener más audiencia que cualquier canal de la televisión abierta. La política vertical y sus ritos son cosa del pasado. Los líderes modernos son más horizontales, trabajan dentro del paradigma de la ciencia, son capaces de pensar, innovar, equivocarse, mejorar, mantienen una comunicación centrada en los intereses de la gente, como ha ocurrido en Estados Unidos con Donald Trump, en Argentina con Mauricio Macri, en Brasil con Jair Bolsonaro. Contacto directo con los electores, sencillez, preocupación por problemas sentidos realmente por los electores, menos poses y pelucas blancas.

Los líderes de la nueva época no toman cursos de oratoria, su comunicación es disruptiva, hacen lo que habría sido incorrecto para los prohombres del pasado. Es difícil sentirse parte de la corriente de la vida y conservar la sencillez.  Casi todos los mandatarios mueren víctimas del Hubris. Macron transitó en la campaña el camino de la nueva política. Después se endiosó, hasta hizo bullying a un joven exigiéndole que lo llamara “presidente”. Quedó solo, perdido y lejos de sí mismo, confundido entre títulos y ceremonias. Es difícil ser presidente y no creerse Quetzalcoatl, aunque seguramente ni los mandatarios actuales ni el rey de Tula asistieron al Big Bang.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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