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COLUMNISTAS / Basuras
sábado 25 mayo, 2019

Formas y medidas

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por Rafael Spregelburd

default Foto: CEDOC

Una de las cuestiones menos atendidas –creo yo– del modo en que Cristina lanzó su fórmula fue la estrictamente formal: el anuncio, tan festejado por el campo nacional y popular, es paradójicamente un video con marcada estética publicitaria. Lo primero que pienso –haciendo total abstracción de lo que anuncia– es que Cambiemos y Duran Barba ya han ganado esa batalla para siempre. Se ve que como a los anteriores esa forma de comunicar les funcionó (ganaron mintiendo descaradamente pero con fundidos cinematográficos y colectivos de utilería), y dado que en estos asuntos rige la ley del rating (que se traduce en votos), ahora la batalla política –parece– va a venir en ese formato. La voz de Cristina en el video es diferente a aquella con la que debate en el Congreso; es diferente a esa más aguerrida con la que se manifestaba hace cuatro años. Cambiamos. Quizá algunos asesores pensaron que ahí estaba el problema: en las formas.

Un rasgo pavoroso de las formas es su condición de no existir aisladas. Si bien la geometría euclidiana propuso formas puras y les dio nombres concretos, como triángulo o cuadrado, en la realidad las formas tienden por parecido a triángulos o cuadrados sin serlo jamás: las formas se contaminan, se contagian, se yuxtaponen. Esta semana, otra noticia mundial sacudió mi bandeja de entrada: el kilo ya no se medirá según el cilindro de iridio y platino custodiado en París desde hace 130 años, sino por constantes físicas universales que cualquier verdulero pueda poner en la balanza callejera con la que paliar el desempleo. Es una forma de plantar soberanía. Y es sencillo: la nueva definición del kilogramo corresponde a la masa de un número exacto pero muy grande de partículas: 1,4755214 x 10 elevado a la 40 fotones –partículas de luz– de una longitud de onda particular, la de los átomos de cesio que se usan en los relojes atómicos. Todo lo verdaderamente exacto suena a inexacto, ¿o no? Pues así funciona el mundo real, del que sabemos muy poco, ya que nuestra percepción prefiere las simplificaciones formales, los parecidos, las adaptaciones y los eslóganes. Creemos que en una frase se puede resumir una experiencia entera; vibramos de gozo ante esa reducción. Y es tal vez porque en algún sitio del cerebro cada forma instala una sombra de duda, un resquicio de complejidad desalojada. El precioso cilindro guardado en Francia –dicen– en estos 130 años debe haber perdido, por desprendimiento entrópico de algunos átomos, unos 50 microgramos. A la basura.


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