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COLUMNISTAS / RUMBO A OCTUBRE
sábado 19 enero, 2019

El año de la incertidumbre

La sociedad padece los errores del Gobierno mientras ve danza de ofertas, viejas y nuevas, que no la esperanzan.

por Carlos De Angelis

‘Se hace camino al andar...’ Mauricio Macri. Foto: Pablo Temes

Este es el camino, no hay otro, es por acá”, fueron las palabras del presidente Mauricio Macri en Ushuaia tras volver de sus vacaciones.

Sin embargo, la opinión generalizada indica que ese camino es como mínimo insustentable.  

Más allá del horizonte. Es curiosa la situación a la que llega el gobierno de Mauricio Macri, arribando a su último año de gobierno. Ha construido un sistema de financiamiento externo sobre el que hay consenso en que será insostenible el año próximo. La economía no genera recursos y la necesidad de la refinanciación de la deuda aparece ya en el horizonte. Eso abre un camino de incertidumbre, de la que no son ajenos los propios empresarios, bastante poco afectos a la inversión productiva.

Como van marcando las propias estadísticas oficiales, la alta inflación y las altísimas tasas de interés están provocando una asfixia de la economía cuyo precedente habría que buscarlo hacia el final de la convertibilidad. Sin embargo, la devaluación brusca de la moneda a partir de abril del año pasado trajo una enseñanza política clave para el Gobierno: sostener el valor del dólar es condición para la reelección de Mauricio Macri. Sin dudarlo, toda la artillería monetaria está puesta en función de esto, más allá de las consecuencias, y sobre el riesgo de que el enojo generalizado sobre cuestiones puntuales como el aumento de las tarifas lleve a protestas masivas. Sin embargo, la propia inercia electoral clausura esa posibilidad; hoy protestar o salir a la calle significa apoyar al kirchnerismo, como quedó establecido en la arbitraria distribución de significantes y significados post 2015. Hasta Néstor Segovia, dirigente de los metrodelegados, se mostró arrepentido por las diecisiete medidas de fuerza que llevaron a cabo contra la ex presidenta.

Frente al panorama, la mayor parte de la sociedad ajusta sus gastos y es espectadora de la situación, sin terminar de entender bien por qué pasa lo que pasa.

La ausencia de explicaciones por parte del Gobierno, excepto en forma de eslóganes, es particularmente perturbadora; el país se mueve como si no tuviera ministro de Economía. Se pasó de la conferencia de prensa maldita del cambio de metas de inflación de 28 de diciembre de 2017 a la nada.

Diferencias Si pensamos con Wittgenstein que la sociedad es más una paleta de colores que un espacio con divisiones fijas, donde la singularidad y las diferencias son propias de cada ser humano, el sistema político ofrece en cambio una serie acotada de posibilidades sobre las que cada ciudadano debe elegir. En este sentido la polarización se sobreimprime con una marca de violencia simbólica que obliga a tomar partido entre dos posiciones antagónicas, es blanco o es negro, donde obviamente muchos abandonan sus matices para instalarse en alguna de las posiciones. Ese es el rol que ocupan los discursos legitimadores; les dan a los sujetos razones, y argumentos, para justificar posturas, apartando las dudas. Cada versión es una verdad revelada y la otra una simple mentira.

Todos en contra y a favor de Lavagna

Políticamente, y como es sabido, un sector no menor del electorado guía sus reacciones bajo una sola premisa: que no vuelva Cristina, y de preferencia tampoco el peronismo. Es el apoyo borgeano del Gobierno: no los une el amor, sino el espanto, que habilita a Macri la posibilidad de otro período de gobierno. El otro espacio, que funciona como espejo del anterior, solo quiere una cosa: el regreso de Cristina, única tabla de salvación. Ella sabrá cómo manejar las cosas. En el medio un difuso sector social oscila entre el hartazgo de la política y la búsqueda de alternativas. Priman las preocupaciones cotidianas para no perder los ingresos y la búsqueda de otros para compensar la pérdida de poder adquisitivo de 2018, en una despedida sin mirar atrás. En sus ratos libres, observa la política y ve solo oportunismo y especulación, como por ejemplo los cambios en las reglas del juego electoral para generar beneficios particulares.

En ese sentido, no es raro el ascenso de la metanoia, palabra griega (metanoien) que significa cambiar de opinión, arrepentirse. Sucede en esas situaciones en que uno dice algo y se retracta de forma inmediata. Esto impacta en las miradas políticas con cambios en la visión de la realidad, con modificaciones rápidas de opinión, y en los estados de ánimos. Pasar del optimismo total al pesimismo radical en cuestión de horas es hoy un fenómeno usual entre muchos argentinos. El concepto de metanoia fue generado en forma reciente por los filósofos del realismo especulativo, pero plantea que las personas producen un cambio un par de veces en décadas, en cambio el aceleracionismo argentino multiplica la velocidad del cambio, muy influido por el contexto social, político y por supuesto económico.

Serendipia. Estos cambios abruptos son vistos como oportunidades por algunos dirigentes políticos, que creen leer en toda esta incertidumbre una posibilidad. En este sentido, la aparición de un “cisne negro”, un candidato sorpresa que pueda romper el duopolio kirchnerismo-macrismo, parece ser un deseo compartido más que una circunstancia con posibilidades de ocurrencia. Y eso que el sistema político viene ofreciendo al electorado posibilidades como si fuera una máquina expendedora de candidatos: el panperonismo ofrece a Agustín Rossi, Felipe Solá, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y Miguel Angel Pichetto; el liberal-conservadurismo oferta a José Luis Espert y Alfredo Olmedo; la izquierda arrima a Nicolás del Caño y Myriam Bregman, y en estos días se suman los inclasificables Martín Lousteau y Roberto Lavagna, quienes probablemente no sean los últimos.

Los votantes miran a esos candidatos, los analizan, se entusiasman por un rato, y los vuelven a colocar en su sitio en la góndola respectiva. Si alguien pregunta cuál le gusta, responden como en aquella publicidad: “Estoy mirando”.

Un riesgo presente en este espacio de incertidumbre es que reaparezca la ilusión del “hombre fuerte”; esa idea que parecía archivada supone que alguien puede solucionar las cosas a como dé lugar, poniendo orden. Es en ese sentido que cierto discurso autoritario comienza a percibirse en la calle. Este busca alguien a quien echarle la culpa de los problemas, ya sean los migrantes, los pobres o los jóvenes. Un siglo atrás, discursos parecidos empezaron a dominar el mundo con un final largamente conocido.

 

*Sociólogo (@cfdeangelis).


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