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COLUMNISTAS / barrios
sábado 12 enero, 2019

Carta a los amigos de Roma

Alfonso Cuarón ha producido un pequeño milagro: hacernos creer que una película estéticamente anacrónica y deshilachada narrativamente es una obra maestra.

por Daniel Link

JUNTOS. Ultima imagen de Roma en que la familia puede armar el tejido social a través del amor. Foto: Gza. Netflix.

Alfonso Cuarón ha producido un pequeño milagro: hacernos creer que una película estéticamente anacrónica y deshilachada narrativamente es una obra maestra.

Roma tiene muchas virtudes, pero también muchos defectos y cada quien sabrá si las primeras superan a los últimos o viceversa.

Entre los defectos, encuentro que su esteticismo memorialista es irremediable, que la repetición del desplazamiento de cámara lateral en dolly termina aburriendo, y que la reconstrucción de época, que al principio sorprende favorablemente, muy pronto se convierte en un mero exhibicionismo de la capacidad de producción (la escena del incendio forestal es lo más feo y falso de toda la película).

Entre las virtudes, hay que señalar la recuperación de Leo Dan en una de las canciones más exquisitas de su período mexicano, el uso magistral de la elipsis que nos ahorra prácticamente todos los diálogos que habrían hecho de Roma una película decididamente odiosa, y el travelling final en el mar, que cumple exactamente la función narrativa y poética que la película necesitaba para cerrarse.

Los paisajes de Roma se parecen mucho a los paisajes romanos de Fellini (especialmente los grandes descampados que se muestran en La dolce vita), pero toda la dinámica de la película de Cuarón es radicalmente diferente porque no está puesta en relación con el presente sino de un pasado que solo puede recuperarse por la vía de la reconstrucción arqueológica de la memoria. El fragmentarismo de La dolce vita (por ejemplo) era una hipótesis sobre su presente y sobre los círculos sociales. En Roma, parece querer decir solo que el pasado es, en última instancia, no tanto lo que insiste en el presente, sino unas islas de recuerdos más o menos autónomas que solo adquieren unidad respecto de la conciencia del que cuenta el cuento.

De modo que Roma es una experiencia privada que en muy pocos momentos alcanza a incluirnos más allá del “mirá vos” con el que reconocemos fragmentos comunes de pasado (por lo general canciones, o juegos infantiles). Cuando eso sucede, la película levanta vuelo (es el caso de la escena de los combatekas, muy perfecta y muy desconectada del resto).

Desde el principio hasta los últimos minutos, Roma no deja de recordarnos a La ciénaga, de Lucrecia Martel, en la que sin dudas está inspirada pero a la que no alcanza ni en sutileza psicológica, ni en agudeza crítica, ni en equilibrio dramático. De hecho, tal vez el mayor mérito de Roma es que despierta en nosotres el deseo de volver a ver La ciénaga.

Innecesariamente larga, la película de Cuarón tiene el mérito de ser bastante amable con el espectador, que puede perderse en sus propias ensoñaciones.

Si no recuerdo mal, en la Colonia Roma se filmó Los olvidados de Luis Buñuel. Más allá de eso, le tengo cariño a ese barrio donde viven muchos amigos míos.


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