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COLUMNISTAS / IZQUIERDA Y DERECHA
domingo 4 noviembre, 2018

Bolsonaro, el bolchevique

Necesitamos repensar la realidad latinoamericana. Hay una crisis de conceptos que debemos superar, recordando que nadie es dueño de la verdad. No hay cómo volver al pasado, solo existe la posibilidad de pensar un futuro que llega inevitablemente con mil rostros diferentes.

por Jaime Duran Barba

Fervor. Los seguidores del presidente electo enviaron un mensaje claro: el repudio a la política tradicional, la del PT, el PSDB y el MDB, que han gobernado hasta ahora. Foto: cedoc

La elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil desató una guerra de conceptos fantasmales del siglo pasado, que habían perdido el poco sentido que tuvieron cuando se disolvió la Unión Soviética. Los conceptos han sido usados para descalificar a quienes disienten, más que para intentar comprender una realidad cada día más esquiva con las categorías rígidas. Algunos pretenden definir a Bolsonaro usando la taxonomía de la Guerra Fría y concluyen que el partido nazi o el belicismo pueden apoderarse del continente. ¿Bolsonaro es nazi? ¿Es fascista? ¿Las fuerzas armadas de nuestros países se preparan para una nueva época de golpes militares? Nada de eso tiene sentido.

Arcaísmo. En nuestros países existen grupos con ideologías arcaicas sin posibilidad de acceder al poder. Tampoco las fuerzas armadas pretenden ni pueden instaurar dictaduras para combatir al comunismo. Paradójicamente, las únicas dictaduras militares que sobreviven en Venezuela, Nicaragua y Cuba son de izquierda. Algunos dirigentes latinoamericanos supondrán que poniéndose una olla adornada con una esvástica de sombrero pueden ganar las elecciones, pero esta es una ilusión infantil, fruto de la ignorancia y la falta de lógica de los conceptos propia de la sociedad líquida.

El supuesto nazismo de Bolsonaro tiene varios componentes que fastidian a quienes mantienen tesis progresistas, que más bien podrían definirlo como bolchevique. Dicen que es racista porque habló despectivamente de una persona de color. Rusia, la nave insignia de la revolución del siglo XX, instaló a millones de rusos en países que anexó u ocupó. Ese es el origen de los problemas con Ucrania, Armenia y varios de los ex integrantes de la URSS.

Pasada la Segunda Guerra Mundial, Rusia se anexó Königsberg, capital de Prusia Oriental, cuna de Kant y Hoffman. Expulsó a la población alemana, la pobló con rusos y cambió su nombre por Kaliningrado, en memoria a Mijail Kalinin, uno de los fundadores de la URSS. Actualmente es puerto ruso.

Los experimentos de Mengele para conseguir cambios genéticos en la especie tuvieron su correlato revolucionario en los trabajos de Iliá Ivanov, discípulo de Pavlov, que trató de producir un híbrido de humano con orangután para proporcionar a Stalin soldados con poderes especiales en la ciudad de Sukhumi. Cuando fracasó en sus plan fue deportado a Siberia. La lucha por los derechos civiles liderada por Luther King se produjo en Estados Unidos, no en algún país socialista.

Mujeres y gays. Dicen que Bolsonaro es machista porque discrimina a las mujeres. En la historia de los países socialistas nunca hubo una mujer que fuera secretaria general o dirigente prominente del partido. Hasta la perestroika, casi siempre se ocultó quiénes eran las esposas de los dirigentes, las mujeres estaban fuera del radar. Si una Julieta Lanteri, o una Matilde Hidalgo de Prócel asomaban en la URSS o en otros países semejantes demandando el voto libre y, peor, el de la mujer, habrían sido ejecutadas de inmediato. La lucha por los derechos de las mujeres se desarrolló en los países capitalistas.

Paradójicamente, las únicas dictaduras militares que sobreviven, las de Venezuela, Nicaraga y Cuba son de izquierda

Lo mismo pasó con la homofobia. Todos los gobiernos comunistas y partidos comunistas consideraron que la homosexualidad era una perversión capitalista que se debía combatir. Uno de los líderes políticos más homófobos del siglo XX fue el Che Guevara, símbolo de la Revolución Cubana. El respeto por la diversidad sexual se obtuvo en los países capitalistas y el “partido” que mejor luchó por esa tesis fue el de los músicos y el rock. Si la misoginia, la homofobia y el racismo son los argumentos para ubicar a Bolsonaro en una categoría ideológica, tendríamos que decir que es bolchevique. Las categorías vacías no sirven para ordenar la realidad. Cuando los conceptos no tienen relación con lo que ocurre confunden.

Escenarios. Para entender lo que sucedió en estas elecciones de Brasil se necesita analizar el escenario en el que se dan y comprender lo que la mayoría de los electores ve en este dirigente. El mensaje político no se entiende solo desde las palabras que pronuncia el candidato, sino lo que siente la gente, desde la imagen que se transmite desde la campaña, pero también desde de sus propios intereses y visiones del mundo. Para la mayoría de quienes lo apoyaron, los valores que dieron forma a la imagen de Bolsonaro fueron dos. El primero, el cansancio frente a la vieja política del MDB, PSDB y PT que quería superar la mayoría de los brasileños. ¿Hacia dónde? No está claro, pero el fenómeno se inscribe en una ola de rechazo a los partidos, sindicatos y otras instituciones

de la democracia representativa que se expresó cuando los ecuatorianos eligieron a Bucaram o a Correa, los mexicanos a AMLO, los canadienses a Trudeau, los argentinos a Macri y los franceses a Macron, para mencionar algunos casos. Muchos occidentales sienten que las instituciones democráticas los han defraudado y buscan un cambio.

El segundo fue el tema de la seguridad. Bolsonaro ofreció una lucha sin límites en contra de la delincuencia, que es el problema más sentido por la gente de su país. En la sociedad posinternet no existe el hurto famélico, es falso que la gente muera de hambre y por eso consigue

armas, motos y una tecnología sofisticada para salir a delinquir. Los ciudadanos comunes están en peligro porque existen bandas organizadas de personas que cuentan con una sofisticada estructura para asaltar, están conectadas a bandas internacionales de narcotraficantes; generalmente no buscan dinero para comprar un pan sino para comprar drogas. Existe un clamor por detener este flagelo.

En Brasil el fenómeno es más dramático porque 17 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo están en ese país. La mayoría quiere que acabe con la delincuencia y el narcotráfico de cualquier manera, siente que mientras su vida está en peligro los políticos hablan de lo que les interesa. Mientras en Argentina el policía Chocobar terminó preso cuando mató a un delincuente que propinó veinte puñaladas a un turista, la oficial Katia Sastre mató a un malhechor que irrumpió en la celebración del Día de la Madre en São Paulo y fue condecorada por el Estado. En estas elecciones, además, fue elegida diputada, a pesar de que Justicia prohibió la difusión de las fotos de su hazaña como propaganda electoral porque eran demasiado violentas.

Evangélicos. La crisis de la Iglesia Católica en varios países de América Latina ha dado paso al fortalecimiento de los grupos evangélicos. Para los pobres, la teología de la prosperidad es más atractiva que la teología de la pobreza. Bolsonaro contó con el respaldo activo de los evangélicos, que en este país están cerca de ser la primera minoría. Sin embargo, su participación no fue tan bizarra como la de un sector de la Iglesia Católica argentina que protege a dirigentes envueltos en casos de corrupción. En la mayor parte de América Latina existe un laicismo sólido que separa la religión del Estado, cosa conveniente para la sociedad y para el desarrollo de la fe. Bolsonaro en cuanto a laicismo estaría en una posición menos de derecha que algunos supuestos izquierdistas argentinos.

Debemos respetar la forma de ser de cada pueblo, asimilar sus experiencias para cambiar nuestros propios países

El tema de la corrupción fue el detonante final de la vieja política brasileña. La sensación de que la política está podrida pareció confirmarse con los sucesivos escándalos del Mensalão, el Petrolao y el Lava Jato. Dirigentes de todos los partidos políticos se vieron envueltos en estos escándalos. Bolsonaro estuvo al margen. Nombró ministro de Justicia al juez Sergio Moro, líder de las investigaciones sobre la corrupción. Hay mucha gente progresista honesta en Argentina, pero ¿es más de izquierda o de derecha combatir la corrupción o encubrirla?

Necesitamos pensar la realidad latinoamericana creativamente. Hay una crisis de conceptos que estamos en la obligación de superar, respetando la forma de pensar de otros, bajando de los pedestales en los que frecuentemente nos colocamos. Nadie es dueño de la verdad. No podemos fundar el “club mundial del helicóptero” para tratar de que fracasen los gobiernos que nos caen mal. Debemos respetar la forma de ser de cada pueblo, sus decisiones mayoritarias, asimilar sus experiencias para cambiar nuestros propios países. No hay cómo volver al pasado, solo existe la posibilidad de pensar un futuro que llega inevitablemente con mil rostros diferentes.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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