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COLUMNISTAS / lo que se omitio del “exitoso” g20
domingo 9 diciembre, 2018

Algo para decorar

Ojalá que las muy monas sillitas intervenidas, que la señora Awada de Macri les regaló a sus amigas, hayan sido del agrado de las risueñas y mudas receptoras.

por Beatriz Sarlo

Detras de la postal. Apenas una semana atrás, el Gobierno y Macri disfrutaban del esplendor que implicaba la cumbre del G20. Pero no todo lo que brilla es oro. Foto: MARCELO ABALLAY

El G20, que ocupó todas las páginas y pantallas hasta el domingo pasado, entró en un cono de sombra frente al protocolo pergeñado por Patricia Bullrich, que autoriza a los policías federales a usar sus armas sin identificarse ni dar la voz de alto. Fuimos en tren expreso desde el teatro internacional, que supuestamente colocaba al país en el mundo, a un protocolo electoralista y demagógico.

Sin embargo, el G20 existió como "gran acontecimiento" y no debiera ser olvidado, como se olvidó la presencia de Macri en Davos en enero de 2016, después de comprobar que no llegaban las macetas con brotes verdes, aunque el Presidente, blindado de optimismo, declaró entonces que la Argentina "fue recibida con enorme entusiasmo". La paciencia de los lectores podría ser un aliciente para señalar algunos rasgos curiosos de lo que terminó en Buenos Aires hace una semana.

La herencia. El camino chino, que Macri ratificó suscribiendo decenas de acuerdos con Beijing, fue anticipado por el gobierno de la presidenta Kirchner. Insospechable de simpatizar con ella, el 5 de febrero de 2015, La Nación publicó: "Cristina firmó 15 convenios con China y ofreció invertir en recursos naturales". Pocos días después, la información se ampliaba, pero el tono del diario, desde el título, mostraba sospechas al señalar que tales acuerdos podrían condicionar al gobierno que la sucediera. Y que, incluso, el nuevo gobierno los revisaría todos. No sabemos si tal intención revisora tuvo lugar antes de que Macri festejara su firma de treinta acuerdos con Xi Jinping. Estamos celebrando los acuerdos con China y la prensa no advierte de los peligros, como antes lo hizo. Macromilagro.

Excepto Página/12 que, por supuesto, tiene derecho a esta pequeña venganza: "A pesar de los antecedentes, Macri amplió la cesión de las terrenos eximidos de impuestos para el gobierno chino a la espera de la reunión bilateral que se concretó en la residencia de Olivos, en la que ambos mandatarios (el chino y el argentino) firmaron un nuevo Plan de Acción Conjunta para el período 2019-2023. Además del intercambio de monedas por hasta 9 mil millones de dólares que fortalecerá las reservas del Banco Central”.

Aunque no se diga, debería admitirse que la relación con China ya es una política de Estado

En Internet se encuentra enterito y con el mismo nombre el "Plan de Acción Conjunta" firmado por Cristina Kirchner y Xi Jinping en 2012, ratificado el 5 de septiembre de 2013, en ocasión de la cumbre entre los presidentes de China y Argentina, cuando ambas partes “establecieron la Comisión Bilateral permanente y el Mecanismo de Diálogo Estratégico para la Cooperación y Coordinación Económica, como dos nuevos pasos hacia el fortalecimiento de las relaciones bilaterales”.

Macri ha consolidado este proyecto que, por su duración, ya podría llamarse política de Estado, en la medida en que le dio comienzo el gobierno Kirchner y Cambiemos lo continúa. Nada hay nuevo bajo el sol. Por supuesto, los que opinaron en su momento que los acuerdos con China y Rusia debían ser revisados, no plantearon esa exigencia en el fervor festivalero del fin de semana pasado.

Estas cosas suceden: tienen un comienzo y, como se extienden en el tiempo, los laureles coronan a otro gobernante. De todos modos, habría sido fair play (expresión seguramente conocida por Macri desde su colegio bilingüe) que se aludiera, con una sola frase, a los antecesores en el cargo, que vieron primero la oportunidad oriental. Cristina no pisó el G20, aunque fuera invitada. Pero éste es el rasgo exclusivista y narcisista de su personaje político: primera o nada. Es una lástima, porque habría fortalecido la línea de las mujeres políticas presentes en el evento. Este es un tema grave, que merece párrafo aparte.

Al Colón con las esposas. Lo que viene no puede ser imputado en exclusiva a Macri ni a su mujer, que sirvió de princesa consorte. La causa está en normas de cortesía y protocolo que parecen inconmovibles. La presencia de las primeras ministras Angela Merkel y Theresa May debe atribuirse a culturas políticas de sus propios países, que exceden la reivindicación de género. No son ministras porque son mujeres, sino porque derrotaron en su propio campo a los contendientes masculinos. O sea que ni Merkel ni May entran en este capítulo, que tiene como tema los encuentros de las esposas que acompañaron a sus poderosos maridos obedeciendo la etiqueta. Es hora de que el feminismo se aplique a revisar estas costumbres.

En primer lugar, algunas de esas mujeres trabajan en las naciones donde viven, pero llegaron a Buenos Aires como bibelots del poder. Trudeau, el primer ministro de Canadá, hace exhibición de la igualdad de género que verdaderamente estableció en su gobierno. Pero no lo prueba en el caso de la señora Trudeau, que siguió el mismo programa que la señora Trump, de quien no se conocen declaraciones a favor de la igualdad de género. Madame Trudeau fue parte de las estatuitas sonrientes que pasearon por Villa Ocampo. El periodismo, que no es menos discriminador que la sociedad, habló hasta el cansancio de sus vestidos, stilettos y peinados.

Durante el G20, las mujeres de los presidentes vivieron días de picnics, tecitos y regalitos. No sabemos si Juliana Aguada pudo explicarles quién fue Victoria Ocampo, cuya casa y jardines de San Isidro sus invitadas pisaban como si fuera una dependencia cualquiera. No sabemos si alguien les dijo que Victoria Ocampo fue una gran ensayista y una feminista radical, la primera mujer que dirigió una gran revista en la Argentina, de proyección europea y latinoamericana, durante más de treinta años. ¿Las decorativas esposas se enteraron de que Ocampo tuvo varios amantes distinguidos, a los que ella trataba como los hombres trataban a sus amantes?

Las señoras pasearon por Villa Ocampo sumidas en el murmullo de frases evidentemente cortas y el convencional silencio de sus sonrisas. Como si alguien hubiera visitado la casa de Víctor Hugo en París sin que se le avisara que había sido el gran poeta francés del siglo XIX.

La frivolidad de las reuniones femeninas del G20 fue indignante: faltó que las hicieran cocinar

La frivolidad de esas reuniones fue indignante. Solo faltó que se les enseñara a hacer empanadas para poner a las mujeres en su lugar. Pero esta pedagógica actividad culinaria habría requerido más tiempo que los 45 minutos de la visita al Malba. La velocidad de ese recorrido recuerda una de las escenas más cómicas de un filme francés de los años sesenta: allí los personajes apuestan que es posible recorrer el Louvre en diez minutos. El Malba es más pequeño, de modo que las damas invirtieron mejor su precioso tiempo.

De todos modos, las señoras no pueden quejarse, porque en el Colón asistieron a un espectáculo digno del Luna Park. El mapping del teatro no dio oportunidad para la contemplación de la gran sala. Sin embargo, solo los elitistas están enojados y dicen, en voz baja, que el Colón no merece la afrenta recibida. Parece que Macri aprobó todo e incluso hizo sugerencias. ¿Quién dijo que su techo era Freddie Mercury?
Pero hubo cosas más graves.

Los migrantes. Los migrantes viven una pesadilla itinerante. Por Asia, en dirección a Occidente, caminaron decenas de miles de sirios, cuya recepción europea fue impuesta a los gobiernos por Angela Merkel; desde Africa, en barcos precarios, los migrantes intentan tocar las costas de España; largas columnas salen de América Central hacia Estados Unidos, donde Trump los amenaza alternativamente con la fuerza bruta o recluirlos en tiendas de campaña. En América del Sur, los venezolanos salen como pueden, a pie o en vehículos precarios, cargando en una mochila todas sus pertenencias; a Perú, ya han llegado más de 400 mil.

La globalización no es solo economía digital y ampliación del comercio. No es solo el canto optimista entonado por los países que ven allí nuevas oportunidades de negocio. No es solo lucha por la hegemonía, ni nuevos alineamientos geopolíticos. La globalización también son millones de personas forzadas a volverse “globales”, por el hambre, la represión política, las guerras internas, la destrucción de aldeas, el incendio de sus medios de vida tradicionales y del medio ambiente, la violencia ejercida especialmente sobre las mujeres y los niños, la disolución de marcos culturales y lingüísticos.

Pues bien, de eso no se habla delante de Trump, que es precisamente un político cruel y de puertas cerradas que ha puesto en práctica sus prejuicios más repugnantes. De eso no se habla frente a líderes como Xi Jinping, porque el capitalismo chino carece de vetas democráticas. Por supuesto, no se habla frente a Putin, quien es digno heredero de las políticas nacionalistas rusas. El G20 fue entonces mudo, ciego y sordo frente a un paisaje que no pertenece al pasado sino al presente y al futuro.

No fue la única negación del presente en la que incurrieron los líderes. En paralelo al G20, tenía lugar en Polonia la cumbre mundial sobre medio ambiente. El único miembro del G20 que viajó desde Buenos Aires para asistir a ese foro fue Pedro Sánchez, el presidente del gobierno de España, que tuvo bastante poca repercusión en la prensa local. Claro, el medio ambiente era un tema incómodo en una reunión de países que tenían a Donald Trump como primus inter pares. En Buenos Aires, la interesada timidez prevaleció sobre la urgencia del calentamiento global.

Macri quería llegar a la mayor unanimidad posible. Hubo una mención al cambio climático donde los presentes declararon irreversible el Acuerdo de París. Todos los presentes, menos Trump. Con esa negativa, conocida de antemano, mucho no podía avanzarse. Insistir sobre el futuro del trabajo (palabras de Macri), es una insistencia hueca si se la separa del futuro del medio ambiente.

Todo lo demás fue precioso. Y ojalá que las muy monas sillitas intervenidas, que la señora Awada de Macri les regaló a sus amigas, hayan sido del agrado de las risueñas y mudas receptoras.


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